Santa María Zoquitlán, tierra árida, agreste pero fértil a la vez, a casi tres horas de la bella Oaxaca, entre montañas, iguanas y caminos rurales, ahí conocí al señor Ignacio y su hijo José Parada, dos generaciones de mezcaleros orgullosos de su trabajo.

Su modesta destilería de horno pequeño y tinas de fermentación resquebrajadas casi centenarias, contrasta con la calidad de su mezcal, equilibrado en alcohol, sabor y aroma, de esos mezcales que disfrutas desde el primer trago y abres los ojos cuando te advierten que lo que bebes es una primera destilación de 64 grados de alcohol.

La aparente distancia entre los modestos palenques y la elegancia y refinamiento de los mezcales que producen, es algo que me seguirá sorprendiendo de muchas destilerías de mezcal, es un triunfo del campo y de esas personas que como la familia Parada, continúan la tradición a pesar de las adversidades.

José, con actitud calmada revisa y trata de escuchar las tinas de fermentación, sigue machacando el maguey cocido con la ayuda de una mula, todos sus movimientos son de alguien que sabe lo que esta haciendo.

Platico un poco con José, me cuenta que tiene veintiséis años y que tiene tres años de haber regresado de Carolina del Norte. "Era como una prisión, por eso me regresé. Mi papá me dijo que estaba bueno lo del mezcal y por eso ahora le estoy ayudando." 
En dos oraciones me narra seis años de su vida, yo agradezco la confianza infinitamente. Que bueno que regresó.

Gracias a Asís y a Jorge por invitarme.

Omar Trejo

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